El sociólogo polaco Zygmunt Bauman acuñó el término «amor líquido» referido a aquellas relaciones interpersonales que se desarrollan en la posmodernidad, caracterizadas por la falta de solidez, calidez y una tendencia a ser cada vez más fugaces, superficiales, etéreas y con menor compromiso.
¡Guaaauuuu! ¿No os ha explotado la cabeza? Cuando lo leí fue poner en palabras el sentimiento de pasotismo, dejadez y frivolidad que noto en la sociedad y el ambiente cada vez más, y contra más tecnología tenemos, más lejos nos sentimos.
Esta falta de compromiso e implicación no solo se da en el amor romántico; se da en las relaciones de amistad, familiares, de trabajo e incluso de manera personal con uno mismo. La gente ya no se implica ni con sus propios intereses y metas. Van por la vida pasando, de todo, de todos y de sí mismos. Disculpadme la metáfora, pero me recuerdan a esos fantasmas de dibujos animados, etéreos, que pasean por los pasillos de los castillos encantados, sin darse cuenta de nada, sin penar ni disfrutar. Tengo la sensación de que la gente ahora no vive, sobrevive e incluso apenas sientan si no son con grandes estímulos.
Y esto es otro tema que está completamente vinculado al anterior: la gran cantidad de estímulos que hace que nuestros sentidos (y por ende nuestro cerebro) se sobresaturen y luego sean incapaces de sentir con estímulos sencillos. ¡Vamos, que o les das con un palo en la cabeza o ni siquiera se enteran de que les hablas!
Quizá el haber nacido en una generación anterior, la generación X ( soy de 1980), el haber tenido una infancia sin móviles, sin apenas cadenas de televisión, con pocos juguetes porque las familias medias te regalaban un juguete para Navidad y calcetines y jerséis para tu cumpleaños, el no tener internet y tener que leer libros e incluso el que solo uno de cada cuatro niños tuviera una bicicleta (era el niño que era hijo único y sus dos padres trabajaban) y nos tuviéramos que turnar para usarla, me hace ver las cosas con otra perspectiva. Porque a esta infancia se une el que me encanta la tecnología y la uso a diario en mi trabajo, con lo que vivo entre mi anterior y pequeño mundo y el actual grande y globalizado.
Adoro mi infancia infantil y dulce y me chifla poder tener acceso a toda la información actual a golpe de clic. Pero quizá, como en todo en esta vida, lo correcto está en el equilibrio: que la tecnología sea una herramienta y no una forma de vida. Que el amor al prójimo no sea a base de likes y que algunas cosas se sigan realizando de «manera tradicional» para no perder las buenas costumbres y que la bondad de las nuevas, mejoren nuestra vida. Que nos amemos mucho y fuerte, y que si no nos podemos ver nos hagamos videollamadas pero que cojamos un avión para darnos un abrazo. Que apaguemos los móviles y las preocupaciones para disfrutar de la familia. Y que quizá, cenar escuchando música bajita pueda dar lugar a conversaciones con la familia, ¡esos grandes desconocidos!.
En definitiva y como siempre, se trata de equilibrar nuestra vida y nuestro ser para ser feliz…algo tan fácil y tan difícil a la vez…


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